Facebook Twitter Google +1     Admin

Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2019.

REGALO DE REYES

20190408193316-rdr.jpg

La novela de Jesús Zamora Bonilla (Madrid, 1963) es muy entretenida. Y digo “novela” porque después de las deconstrucciones del género o tras su hibridación y mestizaje con otros géneros como la historia, la crónica, la poesía, la divulgación científica o la filosofía, Regalo de Reyes (Barcelona, 2015) no aspira ni pretende ofrecer sino un espejo colorista de su tiempo, esto es, una novela, eso sí, de suspense, misterio y aventura, condimentados con algo de rojo y verde, o sea, de violencia y sexo. Bueno, tal es nuestra condición y tales son, por naturaleza, nuestros específicos colores.

 El filólogo buscará inútilmente en sus casi seiscientas páginas alardes de estilo, creaciones surreales o meta-literarias, pero su “estilo” es tan natural como el agua de una fuente serrana, tan ligero como las nubes que pasan, tan coloquial como se habla, tanto, que cuando usa algún cultismo pide perdón por ello atribuyéndolo a la pedantería del personaje. Se le escapan ciertos laísmos, que al dialecto castellano se le perdonan.

 Tampoco el filósofo hallará en la novela reflexiones profundas o discusiones sutiles, salvo quizá una pequeña muestra de humanismo clásico, la defensa anecdótica de la tradición epicúrea y su fantástica reconciliación imaginaria –tan delirante como metafísica gnóstica- con el relato canónico y evangélico del cristianismo. Y esto último sorprende especialmente y es muestra de meritoria ascesis y prudente contención, porque Zamora Bonilla es doctor en Filosofía y en Ciencias económicas, y catedrático de Filosofía de la Ciencia en la UNED.

 Es sólo una buena novela –repetimos- y por tanto un verosímil espejo fractal de nuestras vidas actuales, y por allí circulan y vuelan personajes, familiares y virtuales, reales y mediáticos, sujetos de toda condición: conductores de autobús, cerrajeros y empleadas domésticas, profes de instituto y estudiantes de bachillerato, condesas de la prensa rosa, profetas del “misterio”, señoritos calaveras, políticos progres y conservadores, leales chóferes magrebíes, arqueólogos eminentes, francesas complacientes, bailarinas sensuales, miembros del Opus Dei y traficantes de antigüedades exnazis.

Me ha resultado completamente admirable la ingeniosa hilazón de la trama argumental ya que es trepidante y fácil de seguir a pesar de su complejidad y de sus saltos geográficos y temporales. Le sienta bien cierto exotismo, pues la acción transcurre tanto en Madrid como en un palacio señorial de Polonia, en un yacimiento arqueológico en Siria, en las islas Maldivas o en el golfo de Cádiz cerca de Zahara de los Atunes, en cuya playa confiesa el autor haberla concebido muy peripatéticamente.

 No es irrelevante que sea faena de melómano: empieza y acaba como las sinfonías, con dos llamadas de atención, pura descripción de hechos criminales, terroríficos, que no entorpecen para nada el tono jocoso general, realista, de "buen rollo", irónico más que sarcástico. Su epílogo contrasta con la tragedia pasada y remata la broma dejándonos bastante tranquilos, viendo como colean seguros y aún con porvenir sus personajes principales, lo cual es siempre de agradecer.

 Aunque tengo por probado el escepticismo anti-apocalíptico y anti-sobrenatural de su autor, su posicionamiento contra la superstición y el dogmatismo religioso, su trato con el gran relato cristiano de la vida de Jesús resulta amable y discreto; su jugueteo con el símbolo de la fe católica y con las contradicciones de sus devotos es por lo menos educado y hasta compasivo, y demuestra más curiosidad y conocimiento que desdén o resentimiento.

 Como a uno le ha quedado un buen sabor de boca tras la lectura de Regalo de Reyes, es muy probable que en próximas calendas me entregue también a la lectura de Errar es de Ángeles, obra novelesca que Javier Zamora Bonilla (quien también ha cultivado el ensayo académico y no tanto), tuvo la generosidad de ofrecer gratis en formato digital. Y en mi e-book lo guardo como un valor ya seguro.

Etiquetas: , , ,

Una novela de Iris Murdoch

20190427170041-fairlyhonourabledefeat.jpg

Julius King es el protagonista de la novela de Iris Murdoch: Una derrota bastante honrosa (A fairly honourable defeat, 1970). El relato sólo deviene histórico por el hecho de que sus burgueses ingleses usan el teléfono fijo y se escriben largas cartas en papel. No sé si los ingleses siguen bebiendo té, jerez, güisqui y ginebra en tan grandes dosis. La presión de la inmigración ya forma parte del fondo del escenario de la obra.

A pesar de la vocación filosófica de la autora, el relato no contiene largas reflexiones sobre el bien, el amor y la belleza (temas centrales de toda su obra), sino más bien una puesta a prueba vívida del poder limitado del bien y del amor en las relaciones humanas. Igual que La Soga de Hitchcock es una impecable refutación del vitalismo esteticista de Nietzsche que no declara muy expresamente la teoría sino más bien sus terribles y funestas consecuencias prácticas, la novela de Murdoch refuta la vía erótica hacia la idea del bien propuesta por Platón en el Banquete o, por lo menos, muestra su contingencia y falibilidad.

Novela de tesis, tal vez, aunque esta no se exponga de forma declarativa, sino que más bien el lector tenga que deducirla de la acción contada. En la que por otra parte se cruzan personajes diversos que sostienen puntos de vista contradictorios sobre la realidad que sienten y piensan. Se nota que Iris Murdoch, licenciada en Lenguas Clásicas, tenía una formación clásica oxoniense. Aunque sólo una vez se cita a Platón, una a Wittgenstein y otra a Frege, la autora cursó estudios de filosofía en Cambridge, donde tuvo por maestro a Wittgenstein y publicó el primer ensayo en inglés sobre Sartre. Además de un montón de novelas, escribió también poemarios y piezas teatrales. Hay bastante de teatral en la novela que comentamos, de oscura comedia de enredos y errores. Los capítulos quedan definidos como escenarios domésticos de los que entran y salen personajes que interactúan en ausencia y con un limitado conocimiento unos de otros.

 Se cumplen ahora cien años del nacimiento de Iris Murdoch. Ramón Luque ha publicado un ensayo sobre la escritora y en la red se puede encontrar un cómo se ha hecho (making of) de su trabajo como aproximación literaria y cinematográfica al mundo de Iris Murdoch. Ensayo sobre la intensidad (Letra Capital, marzo 2019). Copio aquí palabras de su presentación porque pueden aplicarse a Una derrota bastante honrosa:

 “La escritura de Murdoch fue intensa, con momentos emocionantes, personajes salvajes que amas u odias, tramas que no te dejan respiro... Literatura entretenida y divertida pero ojo, nada comercial, más bien culta, exigente pero amable, intelectual pero con corazón”.

 Julius King, su protagonista, es un elegante judío (Kahn fue su apellido genuino), un tipo “escurridizo” que consiguió escapar del exterminio nazi, rico y culto, recuerda el don Juan de Torrente Ballester, un intelectual esteticista y “cínico” (en el sentido moderno de que se acomoda perfectamente a unas convenciones de las que descree), un donjuanesco bon vivant que juega mefistofélicamente con el resto de los personajes como si fueran marionetas hasta que se aburre, todo ello gracias a su poder de seducción con el que normalmente acierta disparando hacia el talón de Aquiles de la vanidad y la extraordinaria capacidad humana para el autoengaño. Más limitado es el poder de su correlato femenino, la apasionada, atractriva soberbia e inestable Morgan Browne. King es “diabólico” en el sentido etimológico de la palabra, es capaz de mostrarse encantador para deshacer el status quo en el que viven su bienestar los demás. Da igual si son parejas homosexuales que matrimonios convencionales y consistentes.

 La novela no es feminista, pero tal vez cabría decir que es muy femenino su penetrante análisis de los estados emocionales, si estamos dispuestos a reconocer la superioridad femenina para la captación de los matices sentimentales, tanto de las relaciones heterosexuales como de las homosexuales. En cualquier caso, es exquisita la perspicacia con que muestra el hecho y las consecuencias de la dependencia emocional entre personas, tanto con vivientes reales como con fantasmas imaginarios de seres queridos, ya difuntos. Magistral, respecto a la descripción de la “telepatía del silencio” que caracteriza a un matrimonio bien avenido, o respecto al retrato de la relación de una mujer con su bolso…

 Singular es el personaje de Leonard Browne, un proletario que contrasta su estatus con el del resto de los personajes, que se está muriendo de cáncer de cadera. Leonard habla contra el sistema desde una vitalidad ofendida por las circunstancias. Le gusta alimentar a las palomas y polemizar sarcásticamente con su hijo, que le cuida y al que maltrata.

 Diálogos rápidos, trepidantes se combinan armoniosamente con la reflexión y el fino dibujo de los estados de ánimo de los personajes para poner de manifiesto tanto la necesidad que tenemos de formar lazos sentimentales como su fragilidad. El personaje más fuerte, el triunfador, el “rey” (King), acaba siendo el hedonista mefistofélico que sólo juega con los demás porque sabe y puede vivir solo.

Quien se basta a sí mismo, quien cuenta con suficientes recursos económicos y atractivos personales, y no necesita del reconocimiento de los demás, ése gana la partida, pero ¿quién se basta a sí mismo?

Etiquetas: ,

27/04/2019 17:00 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.

ZABARRA Y LA LITERATURA HISPANO-HEBREA

20190430194503-libro-de-los-entretenimientos.jpg

 

“Me han combatido los necios porque amé la inteligencia”

Yosef Zabarra

 Yosef ben Meir ben Zabarra (o Sabarra o Sabara) nació hacia 1140 y falleció hacia 1200. Fue un judío barcelonés, médico políglota y científico, experto en el Talmud, autor del Libro de las delicias o Libro de los entretenimientos (Séfer Saasuim), considerado uno de los mejores maqamas (prosas rimadas) jamás escritas. Escribió también un poema didáctico sobre anatomía, un tratado en prosa sobre Los aspectos de la orina, más sátiras que se han perdido. El Libro de los entretenimientos se imprimió por primera vez en Constantinopla en 1577, la primera traducción al español fue la magnífica edición de Marta Forteza-Rey para Editora Nacional (1983), con la que aquí me oriento.

 Como el Libro del buen amor, El libro de los entretenimientos tiene forma autobiográfica. Está dedicado a Seset Benbeniste, miembro de una de las más importantes familias judías de la época, médico como Zabarra y consejero de los reyes de Aragón Alfonso II y Pedro II. La obra de Zabarra compila cuentos, aforismos, sentencias, reflexiones y poesía lírica. Su estilo mosaico recoge y engarza expresiones literales de la Biblia con un argumento fantástico: la peregrinación del autor con un demonio venido de lejos: Enán.

Árabes y judíos se hacían un verdadero lío con los textos que les legó la antigua cultura griega cuando citan a Esculapio, Hipócrates el piadoso, Platón, Diógenes o Aristóteles…, pero los más ilustres e ilustrados se esforzaron por rescatar lo que sentían como un saber superior, añejo antes que caduco. Así, por ejemplo se atribuye a Aristóteles la siguiente afirmación de que cinco cosas son perdidas o sin fundamento: “la lluvia sobre el vino, una vela a la luz del sol, una doncella desposada con quien no puede hacer el amor, guisos exquisitos colocados delante de un borracho, y favores hechos a quien no los reconoce” (cap. VIII).

Maqama es un término árabe que significa lugar, el sitio en el que se reunían los varones de pie para hablar y comentar sus asuntos: de ahí el sentido de narración, aventuras, comentarios morales o científicos, lucimiento verbal y erudito. Por supuesto, en la traducción se pierde el efecto significante del virtuosismo lingüístico, poético, juegos de palabras y hasta palíndromos, pero a pesar de ello el texto es ameno y no pierde su gracia vetusta y el eco misterioso de un tiempo periclitado, porque “el hombre es hijo de su tiempo”. Se sabe que en Al-Ándalus se escribieron maqamas desde el siglo XI, única forma narrativa que se desarrolló en la literatura árabe, tenemos las maqamas zaragozanas escritas por Abu Tahir al-Saraqusti (m. 1143) en las que emplea un lenguaje enigmático, y las de Abu Amir ben García, un vasco que fue secretario de Muyahid de Denia (Maqamas y Risalas andaluzas, Fernando de la Granja, Madrid, 1976).

 La presencia de los judíos en nuestra península es muy antigua. En las expediciones de los fenicios a la península ibérica ya participaban “hombres del rey Salomón” y es muy probable que en las colonias que establecieron en el litoral Mediterráneo hubiese israelitas. Pero la llegada más numerosa debió de producirse con la destrucción en el año 70 de Jerusalen y su templo, con la Diáspora (exilio). La situación de los judíos después de la invasión de los bárbaros del Norte fue lamentable, los godos convertidos al catolicismo con Recaredo impusieron a los judíos la elección entre la conversión obligatoria al cristianismo o la expulsión. No extraña que los invasores musulmanes hallaran leales auxiliares en los judíos. Se sabe que en la batalla de Guadalete uno de los caudillos más destacados de las tropas árabes, Kaula al-Yahudi, era de origen judío. A fin de cuentas, musulmanes y judíos reconocían un antepasado común en Abraham, como ramas de un mismo tronco semita. Bajo el dominio musulmán, pronto prosperaron centros de población y cultura judía en Lucena o Granada. Algunos califas de Córdoba tomaron a judíos como médicos, consejeros y ministros, por su alto nivel cultural. Tras siglos de convivencia, los judíos hicieron suya la incipiente literatura árabe, así como su lengua. Las formas poéticas árabes influyeron en la poesía hebraico-española, sobre todo en la profana.

 El régimen de tolerancia religiosa y libertad de los reinos de taifas se rompió con la llegada de los bereberes almorávides, gentes fanatizadas que ni siquiera entendían bien el árabe. Muchos judíos tuvieron que emigrar. Y algo parecido ocurrió después de la invasión de los almohades, pues estos prohibieron en sus dominios toda religión que no fuera la islámica. La mayoría de los mozárabes (cristianos) y judíos optaron por emigrar hacia los Estados cristianos del norte de la Península. Otros como Maimónides fingieron una conversión al Islam, aunque eso le supuso al gran sabio judío cordobés cambiar a menudo de residencia para evitar la delación.

 En Cataluña, que entonces formaba parte de la Septimania, los reyes francos concedieron a las aljamas judías bastantes privilegios. Dada la intransigencia de los almohades, el centro de literatura hispano-hebraica se desplazó desde Al-Ándalus hacia Toledo y Barcelona. En los reinos de Castilla y Aragón muchos judíos ejercerán como almojarifes (recaudadores de impuestos), contables y administradores de rentas, alfaquíes (doctores de la ley), secretarios de correspondencia, intérpretes, astrólogos, médicos… Los Ibn Susan en Castilla y los Ibn Seset e Ibn Rabalia en Aragón se transmitieron sus cargos en la Corte durante generaciones. San Fernando de Castilla y Jaime I de Aragón mostraron su gratitud a sus leales y competentes funcionarios judíos. Fueron judíos los que vertieron al romance durante la época de Alfonso el Sabio las obras orientales enriqueciendo nuestro idioma con arabismos.

 Durante el XIII y el XIV se mantuvo la influencia de la literatura oriental, el exemplo 42 de El Conde Lucanor, obra del infante don Juan Manuel, plagia el relato de La lavandera y el demonio que aparece en el Libro de los entretenimientos de Zabarra. Y en el Libro del Buen Amor del Arcipreste de Hita abundan los ecos de las maqamas árabes y hebreas, un juego parecido de intenciones sensuales y espirituales, de móviles religiosos y profanos, de seriedad y picardía. Todo ello a pesar de la presión integrista, ya que en el siglo XIII, la vigilancia de la Iglesia contra los judíos se fue extremando como consecuencia de la aparición de la herejía cátara y del panteísmo psicológico de los filósofos musulmanes que influyó a los judíos. Nace la Inquisición y la misión represiva de dominicos y franciscanos. A la Inquisición acudieron incluso judíos tradicionalistas en busca de apoyo contra los ataques a su fe de la filosofía maimonista, lo que explica un auto de fe contra las obras de Maimónides en Montpellier (1232). Por una parte, muchos conversos judaicos experimentaron un celo de neófito, y otros, judíos relapsos, volvían a su fe tras fingir su conversión, todo ello enrarecía la convivencia social. En 1391 se produjo la espantosa matanza y saqueo de la aljama de Sevilla, a la que siguieron las de casi todas las aljamas de Levante, Cataluña, Mallorca y Castilla. Hay que añadir que los monarcas españoles muchas veces hacían lo que podían para disminuir el antisemitismo, no tanto por motivos humanitarios sino por el provecho que sacaban de la población hebrea.

 Como dijimos, con la llegada de los almohades, los escritores hebreos andaluces emigraron a las comunidades judías del sur de Francia, el Languedoc y la Provenza, donde a fines del XII había una intensa vida cultural. La maqamas anteriores a la que nos ocupa combinaban enseñanzas morales con fábulas y alegorías filosóficas, unas son misóginas mientras que también las hay que hacen el elogio de las mujeres usando la prosa rimada. El más clásico de los escritores hispano-hebráicos es Yehudah ben Salomón al-Harizí (1170-1235), cuyas maqamas son más lúdicas que moralistas.

 El libro de los entretenimientos debió escribirse cuando Zabarra volvió a Barcelona, antes de 1194. La relación del protagonista con el pícaro Enan es ambigua. Enan es un demonio tan humano que algunos críticos piensan que se trata de un desdoblamiento de personalidad, pues ambos personajes se llaman Yosef (José) y la relación del autor con el demonio puede decirse que es de amor-odio, de atracción y repulsión. El entretenimiento y la comicidad jovial se mezclan con la moralina más rancia y muchas veces contradictoria. El tono general es sentencioso: “plegaria y rezo no son posibles para una persona saciada”, “la persona harta pisotea el panal de miel”, “el vino quita la ropa en tiempo de frío”. Todo el capítulo VII es una relación de “sentencias agradables que he recogido de libros árabes”, “gentiles palabras”, o sea “paganas”.

 “Un muchacho perverso, cuya madre era una ramera, estaba lanzando piedras.

Dijo Diógenes: ‘No arrojes más, no sea que hieras a tu padre’”

 “En todo viaje o desplazamiento hay bendición o salvación”, así que incluso andar con un demonio por el mundo se impone como una ingrata obligación del conocimiento, un deber gnóstico. Está claro que el demonio no es tonto, sino más bien ingenioso: “No podrás saber el secreto de mi nombre hasta que andes en mi compañía” –le dice Enan, que acabará confesando su veterana alcurnia demoníaca, su parentesco con tan famosos demonios como Satán…. Es imposible que Zabarra no le reconozca ninguna virtud a Enan, pues en todo caso se apartaría de él, dado que “la separación del necio es mejor que la compañía del sabio”.

 No faltan observaciones de buen fisiólogo: “las cualidades espirituales van a la zaga de la naturaleza del cuerpo y de los miembros”, en un esfuerzo por deducir el carácter de la corformación física. Se espigan en el texto hermosas metáforas: “no he encontrado escorias en la plata de su afecto”, “la noche ha extendido sus alas y la aurora parpadea”; o hipérboles muy andaluzas: “Lloró de tal manera que con sus lágrimas casi limpió sus mejillas”. El trato a las mujeres resulta ambivalente: “toda las mujeres son cazadoras de almas”, “todo su amor depende de su placer y de su necesidad momentánea”, pero “hay mujeres sabias e inteligentes, virtuosas y fieles”.

 Se cita a menudo a Sócrates como filósofo “teólogo”, epíteto común en los textos árabes, y como racionalista domesticador de las pasiones. A este respecto es conveniente escuchar el consejo del prójimo, porque es desapasionado. El fin moralizante está muy claro: “Por tres cualidades se conoce al hombre: en su comportamiento con el prójimo, la sobriedad en la comida y su amor a todos los hombres”. Un cosmopolitismo con futuro. Interesantes resultan las advertencias prácticas: “No tomes veneno confiando en el antídoto”, “en la paciencia reposa el espíritu”, “no digas ‘cuando tenga tiempo estudiaré’, pues quizás no tengas tiempo”. Se llevan mal la sabiduría y la vanagloria y “tampoco luce la sabiduría en los seres violentos o feroces”: "el que hace de la sabiduría una corona para su cabeza, hace de la humildad una suela para su sandalia" (R. Yishaq Ben Eliezer).

Los historiadores de la ciencia podrán encontrar en la maqama de Zabarra buena documentación sobre los conocimientos anatómicos, dietéticos y médicos de finales del siglo XII, mezclados con suspersticiones étnicas como la consideración de la sangre menstrual como corrupta, o con extravagantes explicaciones especulativas sobre la polución nocturna, el control de la orina o el porqué de que los bastardos suelan salir más listos que los legítimos: “Mejor es bastardo humilde que bien nacido insolente”.

 Los últimos capítulos adoptan un tono satírico y profético, sobre una ciudad imaginaria que Zabarra desea abandonar, “lugar de pecado y delito”, donde todo el mundo golpea a todo el mundo mediante el azote de la calumnia, “para encender el fuego del odio y excitar el espíritu de la envidia”, donde los ignorantes difaman a los instruidos “sin tener en cuenta sus propias imperfecciones y defectos”:

 “A la derecha se levanta la canalla, a izquierda se alzan los ignorantes, el mozo ataca al anciano, el villano al noble, y el sabio depende del necio”

 Zabarra abandona la ciudad del demonio porque “No puedo morar más en una ciudad donde sólo se honra al necio y al ignorante, mientras que en la ciudad a la que quiero volver vive un anciano dotado de espíritu profético”.

Este anciano resulta ser el gran príncipe R. Seset Benveniste al que está dedicado el libro. Y Zabarra hace confesión de fe. Apuesta por la piedad y la humildad como virtudes religiosas principales: “La huella de la humildad es el temor de Dios” y “el temor de Dios es el principio de la sabiduría”. Será la piedad la que conduzca a la resurrección de los muertos, según está escrito: “He aquí que Yo haré penetrar el espíritu en vosotros y reviviréis” (Ex. 37,5).

 Como comenta Marta Forteza-Rey en su magnífica edición, el autor trata de equilibrar al final con su erudición talmúdica el aspecto laico de la obra. Concluirá en oración:

“Que Dios nos haga merecedores de ser contados entre los justos y de tener la muerte de los rectos; que nos dé nuestra parte con sus siervos, según su mucha misericordia. Amén”.

Etiquetas: ,

30/04/2019 19:45 José Biedma López Enlace permanente. Literatura No hay comentarios. Comentar.


Blog creado con Blogia. Esta web utiliza cookies para adaptarse a tus preferencias y analítica web.
Blogia apoya a la Fundación Josep Carreras.

Contrato Coloriuris