Facebook Twitter Google +1     Admin

Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2012.



Involución

20120816084540-12.jpg

“Las cosas crecían, proliferaban, tumultuosas y extrañas… El mundo ya no era un lugar para el pensamiento. Era un lugar para la vegetación, para lo vegetal. Era un invernáculo”

Brian W. Aldiss

 Hallo en una conferencia de Norman Brown una interesante referencia a Hegel. En la Fenomenología del espíritu del filósofo alemán, la vida y el conocimiento de Dios se describen como el amor jugando consigo mismo. Esta idea sería del todo trivial si no se añadiera el rigor, el dolor, la paciencia y la obra de la negación. La negación garantiza la dinámica del mundo, la sustitución de unos seres por otros: la muerte y la resurrección, porque la negación es también síntesis, negación de sí misma y por tanto afirmación.

Como aún creemos en el progreso -y algunos hasta en el progreso automático- ponemos el peso en la innovación, pero nos olvidamos del todo de la importancia de la conservación, incluso de la urgencia del mantenimiento y la restauración. Esto es particularmente cierto en España, país especialista en proyectar obras que se malogran. Construimos cosas que luego se deterioran o desaparecen rápidamente. Insistimos en el crecimiento, pero nos olvidamos de que, para adaptarse, a veces hay que simplificarse, menguar en lugar de crecer; no queremos ver que lo pequeño y simple puede ser también hermoso, incluso más hermoso que la complejidad artificiosa y el gigantismo estéril.

Pasa lo mismo con la idea de evolución. No sólo las ciencias naturales, sino también las humanas han sido fecundadas por esta importante idea, uno de cuyos precedentes -y tal vez no el menos importante- fue precisamente el concepto de superación implícito en la dialéctica del idealismo absoluto de Hegel. Lo nuevo supera a lo viejo, esto es, lo trasciende y conserva. Unas formas superan a otras, unas formas de vida niegan y se sobreponen a las antiguas, pero nada se pierde, lo nuevo conserva lo viejo, incluso se reconcilia con ello en el tiempo.

Sin embargo, una vez más, para que la razón se reconcilie consigo misma se hace preciso saltar, desde la idea de evolución, a la idea contradictoria –o será mejor decir, contraria-: la idea de involución. Brian W. Aldiss la explota magistralmente en una de sus novelas ya clásicas: Invernáculo (Buenos Aires, Minotauro; título original: Hot House, 1962).

El futuro en que se mueven los personajes de esta novela no es un futuro inmediato, sino remoto. El alejamiento del presente facilita la verosimilitud de la fantasía. En ese tiempo, se acerca el día en que el sol se convertirá en una nova, entonces se tragará todo el sistema de planetas y asteroides que gravitan en torno a su radiación. La radiación solar ha crecido tanto que el crecimiento de la vegetación ha adquirido una supremacía indiscutible, los pocos y dispersas tribus de humanos que sobreviven, cinco veces más pequeños que sus antepasados, tienen la piel verdosa y se enfrentan a continuos peligros en el plano medio de la selva, el más seguro, enfrentando los acosos de una vegetación voraz, animada y violenta: lianas que se han vuelto serpientes enormes, matorrales que se han convertido en aves, plantas que se comportan como enormes artrópodos. La rotación de la Tierra sobre sí misma ha cesado, y toda la parte iluminada del planeta es un inmenso bosque, mientras que la superficie en sombra es un desierto, salvo la frontera crepuscular a la que son arrojadas, como por efecto de la marea que sigue a una tormenta feroz, los desechos de la vida que no se adapta a las condiciones crueles de la jungla. Entre nuestro planeta y su  luna, unos inmensos monstruos aracnoides de origen vegetal, los traveseros, han colgado sus enormes telas, colonizando así el espacio intermedio.  

En Invernáculo, las plantas dominan la Tierra de tal manera que obligan al resto de formas de vida a extinguirse o a buscar refugio en la zona crepuscular, donde los rayos del sol colorean las montañas pero dejan los valles en penumbra u obscuridad total. Los humanos no tuvieron más remedio que regresar a la vida arborícola de la que procedían. Un surrealista o involucionado delfín (Sodal Ye, un “trapacarráceo”) transportado en las espaldas de una raza decadente y parasitado por un hongo inteligente (una descendiente de la “morilla”) hace de surrealista profeta final:

  Crecimiento es simetría, simetría hacia arriba y abajo, y lo que llamamos decadencia es en verdad la segunda etapa del crecimiento. Un mismo proceso…, el proceso de la involución, que os hunde en el verdor original…

 Mientras que muchos vegetales han crecido y evolucionado hasta parecer animales y desarrollar algo funcionalmente similar a un sistema nervioso, algunas de las razas humanas que protagonizan la historia apenas saben hablar o han perdido del todo el don de la palabra, los principales en el cuento, pertenecientes a la banda de la matriarca Lily-yo, echan de menos palabras olvidadas que permitían en el pasado expresar matices que ahora se oscurecen o pierden. Esta idea de que en circunstancias adversas vale sobre todo el instinto de supervivencia y se echa el telón para el espectáculo civilizatorio y civilizador de la razón y la  inteligencia es recurrente en otras obras de Aldiss, por ejemplo en Barbagris (1965).

Sin duda, la experiencia como militar de Aldiss, de las selvas de Birmania y Sumatra, países en los que vivió hasta el fin de la segunda guerra mundial, debieron de inspirar las magníficas descripciones de ese mundo- jungla de Invernáculo.

El crecimiento vegetal ha aislado a las criaturas inteligentes, salvo a los “sodales”, que en los océanos han podido mantenerse en contacto unos con otros, de modo que no han perdido la visión de conjunto (ese conocimiento “sinóptico” al que Platón llamó dialéctica). Los sodales han descubierto que el mundo está a punto de acabar. Pero este fin no es más que un nuevo principio. Los incendios que se levantan como columnas desde las zonas más calientes son el efecto de una fuerza llamada involución… El que ilustra a los humanoides de la novela es un hongo (ese tercer género tan descuidado), a través de la boca de un pez:

 Hace muchísimo tiempo los hombres, vuestros remotos antepasados, descubrieron que la vida nacía y se desarrollaba, por así decir, de una partícula de fertilidad: de una ameba que sirvió de puerta de entrada a la vida, como el ojo de una aguja; del otro lado estaban los aminoácidos y el mundo de la naturaleza inorgánica. Y descubrieron, además, que ese complejo mundo inorgánico procedía de una sola partícula, un átomo primario.

Los hombres llegaron a conocer y comprender estos extraordinarios procesos de crecimiento. Pero los sodales descubrieron además que el proceso de crecimiento incluye lo que los hombres llamaban decadencia: que la naturaleza no sólo tiene que construir para destruir, también tiene que destruir para construir… (…)

Al principio, todas las formas de vida de este sistema solar estaban confundidas entre sí, y al parecer se transformaban en otras nuevas. Llegaron a la Tierra desde el espacio como motas, como chispas, en los días de la era cámbrica. Luego esas formas evolucionaron en animales, vegetales, reptiles, insectos… todas las variedades y especies que inundaron el mundo, muchas de ellas hoy extinguidas.

 Se extinguieron porque la vida no sólo evoluciona, sino que la naturaleza también involuciona. Las formas evolucionan hasta distinguirse más y más, pero también involucionan hasta que empiezan a confundirse, pues nunca dejaron de ser un todo interdependiente, viviendo unas de otras, hasta que se funden unas con otras.

En la novela de Aldiss aparecen personajes como los guatapanzas, serviles y sentimentales, dependientes de un gran árbol al que están unidos por largas colas, ¿son humanos o vegetales? Otros como los “pieles ásperas” apenan tiene lenguaje articulado, gruñen, gimen y aúllan, más que hablan, ¿son animales o humanos?

Los niños ferinos, estudiados por la ciencia, retratados por el cine, ¿fueron humanos o animales? En Invernáculo aparecen seres vivos que se reproducen como las plantas, cazan como los animales y emigran como pájaros… ¿cómo incluirlos en nuestra actual clasificación?

Cada nueva generación en ese inmenso bosque donde hierve la muerte y la vida es menos definida que la anterior, la vida ya no tiende a la consciencia sino a la inconsciencia, hacia lo infinitesimal: hacia la partícula embrionaria. De este modo, la Tierra acabará siendo una nueva placenta en la que se gestará un semillero que, tras la muerte del sol, facilitará la emigración de la vida a otros mundos donde puedan general nuevos brotes de diferenciación primero y de reunificación y reconciliación después…

 Las mareas galácticas llevarán las esporas de la vida a otro sistema, del mismo modo que una vez las trajeron aquí. Ya habéis visto que el proceso está en marcha, en las verdes columnas de luz que extraen vida de las selvas. El calor aumenta sin pausa, y el proceso de involución se acelera.

Etiquetas: , , , , ,

El bokononismo

20120828105338-cats-cradle.png

Si leí Matadero cinco (1969), no me acuerdo. Muchos la consideran la obra maestra de Vonnegut. Sé que disfruté del humor ácido de Dios le bendiga, Mr. Rosewater (God Bless You, Mr. Rosewater, o Pearls Before Swine, 1965), aunque no me acuerdo para nada de su argumento. El autor, el norteamericano Kurt Vonnegut (1922-2007), probablemente perdió definitivamente su fe en el género humano después de haber sufrido, como prisionero de guerra, el bombardeo de Dresde.

Que una universidad –como la de Chicago- acepte la novela Cuna de gato (Cat’s Cradle, 1963) como “tesina” para conceder la maestría en antropología a su autor me deja alucinado. Me parece una muestra extraordinaria de tolerancia. Es lo bueno del sistema usamericano: admiten la parodia de sí mismos. Cuna de gato no es un ensayo sobre el ser humano sino una descalificación global del mismo, una sátira posmoderna y demoledora, irreverente y cínica. De ahí la gracia, el humor negro de su “trama enloquecida, que se descontrola hasta acabar como el rosario de la aurora” (Julián Díez).

Cat’s Cradle es el nombre que usan los anglosajones para referirse a un “juego de cuerda” que los argentinos llaman “juego de hamacas” (véase la ilustración de esta entrada). En el caso que nos ocupa, el juego sirve de metáfora, pues la estructura de las hilos –como los de la vida- no ofrece nada que se parezca a una "cuna de gato", sino un montón de equis, como incógnitas existenciales sin solución. La novela de Vonnegut es una sátira perfectamente libre de adornos retóricos. Los seres humanos somos así, nos dice Vonnegut: un desastre sin paliativos. Y la madurez –según sentencia Bokonon- es una decepción amarga que no tiene remedio, a menos que se diga que la risa es el remedio para todo.

El ausente leitmotiv de la novela es un científico ficticio, coinventor de la bomba atómica y ganador del premio Nobel: Félix Hoenikker. Dejó tres hijos putativos: una giganta con cara de caballo, genio del clarinete, Ángela; un manitas rebelde, Frank; y un enano sensible, Newt. El narrador es un periodista atribulado que quiere escribir un libro sobre el día que USA tiró la bomba atómica sobre Hiroshima.

El fallecido científico Hoenikker, sin duda genial en lo suyo, aparece a través de las entrevistas recabadas como un inútil completo para las relaciones humanas, una inteligencia deforme, un niño grande e irresponsable, sólo atento a los problemas de la ciencia pura. Presionado por un mandamás del ejército USA, acaba inventando un producto para que los marines no se atasquen en el lodo, el resultado es el hielo-nueve que solidifica el agua a temperatura ambiente y sólo se licúa a casi cincuenta grados, un arma capaz de destruir a todo ser vivo, por contacto, transformándolo en una estatua muerta. El resultado será el fin del mundo, convertida la Tierra en un estéril planeta helado.

Desde el principio, el narrador confiesa su bokononismo. La religión de Bokonon es el colmo del descreimiento: irreverente, nihilista y cínica. En sus libros, Bokonon empieza diciendo que todo cuanto se diga allí –como en cualquier otra religión- es mentira. Pero tácitamente, su presupuesto es que el ser humano no puede vivir de la verdad. Miss Faust, un personaje secundario al que el protagonista entrevista para su novela lo expone claramente:

 -El doctor Breed siempre me dice que lo más importante en el caso del doctor Hoenikker era la verdad.

-Parece no estar usted de acuerdo.

-No sé si estoy de acuerdo o no. Es sólo que me cuesta comprender cómo la verdad, por sí misma, puede ser bastante para una persona.

Miss Faust ya estaba madura para el bokononismo.

Los personajes esperpénticos de Vonnegut son más listos de lo que parece. Resultan ridículos pero lo suficientemente lúcidos para percatarse de la ridiculez de sus congéneres. Un  presuntuoso, patriotero e intolerante fabricante de bicicletas puede ser un excelente cocinero, desde cuya perspectiva los intelectuales aparecen como “cagalibros”, que “andan por ahí buscando vías nuevas para que todo el mundo sea feliz”.

El bokononismo recuerda posiciones propias del helenismo, del ocaso del mundo antiguo: una esperanza para los desesperados, un fatalismo (como el estoico) que ofrece serenidad en lugar de esperanza, un cosmopolitismo distanciado del militarismo y del poder político que ponen la ciencia bajo sus tenebrosas pretensiones de dominio: “No hagáis ningún caso del César. El César no tiene la menor idea de lo que realmente pasa”.

También su maniqueísmo resulta crepuscular: “Bokonon tenía la creencia de que se podía desarrollar una buena sociedad oponiendo el bien al mal, y manteniendo la tensión elevada entre ambas fuerzas constantemente”. Por eso, el profeta añade glamur a la religión que funda confabulándose con el tirano para que éste la prohíba.

Nada es lo que parece, ni siquiera el tirano de San Lorenzo, una república bananera paupérrima, desde donde irradiará el efecto apocalíptico del hielo-nueve.

El fundador del bokononismo, llamado Bokonon en San Lorenzo, pero de joven Lionel Boyd Johson, se educó en colegios episcopalianos y “debido a su gran interés por el boato de la religión organizada, parece que de joven fue un juerguista”. Por eso en su Decimocuarto Calipso (poema religioso) nos invita a cantar con él:

 Cuando yo era joven,/ era muy alegre y ruin./ Bebía y perseguía a las chicas/ igual que de joven San Agustín./ San Agustín llegó a ser santo./ O sea, que si yo llego a tanto,/ por favor, mamá, que no te dé un desmayo.

 El núcleo del  bokanonismo es un providencialismo tan simple como éste: “Johson había llegado a convencerse de que algo intentaba hacerle llegar a alguna parte por algún motivo”. En San Lorenzo, Bokonon y su colega McCabe intentaron mejorar la condición económica de la población aborigen. Pero…

 Cuando ya era evidente que ninguna reforma en el gobierno o en la economía harían a la gente menos miserable, la religión se convirtió en el único instrumento de la esperanza. El enemigo del pueblo era la verdad, porque la verdad era algo horrible, de modo que Bokonon se asignó la tarea de proporcionarle al pueblo mentiras cada vez mejores.

El bokononismo es una especie de humanismo desangelado, alimentado por el terror. Así, el castillo de San Lorenzo plantea la pregunta que plantean todos esos montones de piedras: “¿Cómo pudieron hombres canijos mover piedras tan grandes?”. La respuesta: fue el terror ciego lo que movió piedras tan grandes. Se trata de una filantropía negativa: “¿Qué puede esperar un hombre sensato de los hombres del planeta dadas las experiencias del último millón de años?” –es el título de El decimocuarto libro de Bokonon. No lleva mucho tiempo leerlo, porque el contenido del libro, que responde a la pregunta de su título, consiste en una palabra y un punto: “Nada.”.

La cruel paradoja del pensamiento de Bokonon es las desgarradora necesidad de mentir acerca de la realidad, y la desgarradora imposibilidad de mentir acerca de esa misma realidad:

 Enanito, enanito, con qué guiños y contoneos se pasea

pues sabe que la altura de un hombre la dan sus esperanzas e ideas.    

Etiquetas: , ,

28/08/2012 10:53 José Biedma López Enlace permanente. Antropología No hay comentarios. Comentar.


Blog creado con Blogia. Esta web utiliza cookies para adaptarse a tus preferencias y analítica web.
Blogia apoya a la Fundación Josep Carreras.

Contrato Coloriuris